Celso Vernon
12-17-2006, 04:00 PM
Los trastornos afectivos han sido reconocidos y descritos desde los inicios de la historia escrita. En el antiguo Egipto, durante más de 3.000 años, las depresiones fueron tratadas por los sacerdotes, quienes reconocieron que éstas iban frecuentemente asociadas con la experiencia de una pérdida psicológica. Ejemplos de estas descripciones están en el Antiguo Testamento, donde se describe al Rey Saúl como una persona afecta de episodios depresivos recurrentes.
Estas descripciones prosiguen en la literatura griega clásica, Homero (poeta griego, circa s. X-IX a. de J.C.), en el VI canto de la Ilíada explica «la miseria melancólica de Belerofonte como debida al abandono de éste por parte de las potencias sobrenaturales que, desamparado por los dioses, para librarse de ese «negro» pesar, no tenía más remedio que esperar a conseguir recobrar la benevolencia divina».
Entrado el siglo VI a. de J.C., la observación de los enfermos mentales empezó a entrar en el ámbito del curandero, en vez de seguir siendo parte de la tradición teológica. Este movimiento de tránsito de la concepción teológica y filosófica a la observación médica alcanzó su máximo esplendor en el pensamiento de HIPÓCRATES (médico griego, s. V y IV a. de J.C.) que constituyó el principal testimonio de los orígenes de la medicina occidental. En su libro Las Epidemias encontramos extraordinarios manuscritos referentes a la melancolía. En el aforismo número 23 (sección VI) afirma Hipócrates: «si el miedo y la tristeza perseveran mucho tiempo, hay melancolía». En la concepción hipocrática, la bilis negra, traducción literal de la palabra melancolía, constituía su agente causal (Starobinski, 1960)(1).
Las deliberaciones acerca de la relación entre la melancolía y la manía se remontan por lo menos al s. I a. de J.C., como fue apuntado por Sorano de Éfeso (médico griego, s. I d. de J.C.): «los seguidores de Themison, así como muchos otros, consideran la melancolía como una forma de la enfermedad maníaca». Sorano mismo, creía que la melancolía y la manía eran dos entidades distintas pero que compartían síntomas prodrómicos y requerían tratamientos similares. Para Sorano, «la manía era un trastorno de la razón con delirios; estados fluctuantes de ira y euforia, aunque algunas veces de tristeza e inutilidad...» (Jackson, 1986)(2).
ARETEO DE CAPADOCIA (médico griego, s. I d. de J.C.), figura como el primero en señalar que la manía y la melancolía formaban parte de un único trastorno: «algunos pacientes después de estar melancólicos tienen cambios a manía...por eso esta manía es probablemente una variedad del estado melancólico... La manía se expresa como furor, excitación y gran alegría... Otros tipos de manía tienen manifestaciones delirantes de tipo expansivo: el paciente tiene delirio, estudia astronomía, filosofía... se siente poderoso e inspirado». Según Roccatagliata (1986)(3), que se refiere a Areteo como "el clínico de la manía" , él identificó una ciclotimia bipolar, una forma monopolar consistente sólo en fases maníacas, y una psicosis paranoide que consideró como manía esquizofrénica.
Estas descripciones antiguas de melancolía y manía son demasiado amplias y abarcaban más de lo que actualmente entendemos por ellas (López-Ibor (4), 1982; Berrios (5), 1988; Pichot (6), 1995). Estos dos términos, manía y melancolía, junto con frenitis, que rigurosamente corresponde a un delirium agudo orgánico, comprendían todas las enfermedades mentales en la antigüedad. Y, seguramente, en aquellos tiempos, se incluía, en lo que actualmente consideramos por manía y melancolía, grandes grupos de otros trastornos mentales. Pero, a pesar de que Areteo seguramente incluyó síndromes que actualmente podrían ser clasificados como esquizofrenia, sus claras descripciones del espectro de la condición maníaca son impresionantes aún en la actualidad.
Importante también fue la obra de GALENO, médico griego (130-200 d. de JC.), que realizó unas descripciones sobre la melancolía que serán criterio de autoridad hasta pasado el s. XVIII. En la mayoría de las obras médicas de la Edad Media, el Renacimiento, o el Barroco son aplicadas paráfrasis de Galeno. Él estableció firmemente la melancolía como una enfermedad crónica y recurrente. En sus escasos comentarios sobre la manía incluyó la observación de que podía ser bien una enfermedad primaria del cerebro o secundaria a otras enfermedades. Para Galeno, la melancolía se debía indudablemente a la bilis negra pero, según él, el exceso de bilis negra podía manifestarse y desarrollarse en distintas partes del organismo, provocando cada vez nuevos síntomas (Starobinski, 1960)(1): «1º Puede ocurrir que la alteración de la sangre se limite sólo al encéfalo. 2º Puede ocurrir que la atrabilis se desparrame por las venas de todo el organismo, incluyendo el encéfalo. "El diagnóstico en este caso nunca falla cuando la sangría del brazo da una sangre muy negra y muy espesa". 3º La enfermedad puede tener su origen en el estómago; entonces tendremos infarto, estasis, obstrucción e hinchazón en la región de los hipocondrios -de ahí el nombre de afección hipocondríaca que se da a la enfermedad. Desde el estómago, hinchado y lleno de bilis negra, los vapores tóxicos suben al encéfalo, ofuscan la inteligencia y producen los síntomas melancólicos. Dichos vapores no sólo explican las ideas negras, sino también ciertas alucinaciones al obscurecer el espíritu...».
Con la caída de la cultura grecolatina, se entró en el dilatado período histórico de oscurantismo que vivió la psiquiatría en la Edad Media (500-1450). Esta etapa histórica se caracteriza por la prevalencia del pensamiento mágico y la tendencia a la interpretación demonológica de la enfermedad mental. Las doctrinas antiguas constituirán el fundamento de la autoridad médica pero, acompañadas de variantes, comentarios y especulaciones destinadas a reforzar la coherencia y simetría de un universo que ha de ser sin falla. A pesar de que muchos autores siguen hablando de la manía y la melancolía como entidades distintas, se sugiere de algún modo una relación estrecha entre ellas.
Así, ALEJANDRO DE TRALLES (525-605), en su obra Doce libros sobre el arte médico aprecia que, tal como ya había sido reflejado en otras descripciones más antiguas (Areteo), no siempre la tristeza o el temor son los síntomas característicos de los pacientes melancólicos, sino que, en otras ocasiones prevalece en ellos la hilaridad, la ira y la ansiedad, fenómenos cercanos a los estados maníacos.
Avicena (980-1037), en el año 1000 escribe: «indudablemente, el material que produce la manía es de la misma naturaleza que el que produce la melancolía». Gaddesden (1280-1361) en el año 1300: «manía y melancolía son diferentes formas de la misma cosa». Manardus (1462-1536) en el 1500: «la melancolía difiere manifiestamente de lo que apropiadamente se ha llamado manía; no hay ninguna duda, pero, de alguna manera, las autoridades están de acuerdo en que la manía reemplaza a la melancolía».
Ya en el Renacimiento (1500-1700), que será la "edad de oro de la melancolía", Jason Pratensis (en 1549) escribe: «muchos médicos asocian manía y melancolía en un sólo trastorno, porque consideran que ambas tienen el mismo origen y la misma causa, y difieren sólo en el grado de manifestación. Otros consideran que son bastante distintas». Citas tomadas de Whitwell, 1936 (Goodwin y Jamison, 1990)(7).
El Tratado sobre la melancolía escrito por TIMOTHY BRIGHT (1586), constituye la primera monografía escrita en inglés que describe los sentimientos de los pacientes melancólicos con precisión y detalle, manteniendo el autor que la melancolía no constituía una «conciencia del pecado» como los teólogos y filósofos de la Edad Media la habían calificado. Pero, como el resto de médicos de su tiempo, él siguió manteniendo la concepción humoral de la melancolía.
Así mismo, FRANCISCO VALLÉS (1524-1592), médico español, también rechazó el concepto demoníaco de la enfermedad y afirmó que la melancolía estaba producida por intermediación de causas naturales (Ayuso y Sáiz, 1990)(8).
La crítica de las ideas tradicionales iniciada en el período renacentista, se convierte en sistemática durante el Barroco (fines s. XVI - mediados s. XVIII). Durante los siglos XVI y XVII existía ya un consenso generalizado sobre que el cerebro estaba efectivamente implicado en los trastornos mentales. El testimonio más interesante de esta época corresponde a un ilustre enfermo, el clérigo y filósofo inglés, ROBERT BURTON (1577-1640), cuyo libro La anatomía de la melancolía (1621), constituye una de las más importantes contribuciones a la historia de los trastornos afectivos. Él mantenía una etiología multifactorial para la melancolía, reconociendo la existencia de un contínuo entre factores psicológicos y no psicológicos, destacando la herencia, la falta de afecto en la infancia y las frustraciones sexuales. Muy propio para su época fue la extensa descripción de factores causales para la melancolía, entre los que incluía: «a Dios, el diablo, las brujas, las estrellas, la vejez, la desesperanza y la soledad, la malicia, los celos, los abusos del placer,...». También hizo referencia a la alternancia de accesos hipertímicos y melancólicos. A pesar de sus descripciones, seguía subscribiéndose a veces a la teoría humoral; así, por ejemplo, él va a seguir con todo rigor la división en tres categorías realizada por Galeno, añadiendo la melancolía amorosa y la religiosa (Starobinski, 1960)(1).
THOMAS WILLIS (anatomista y médico inglés, 1621-1675) en varios puntos teóricos rompe con la tradición; su noción de «discrasia salina» y el papel que atribuye al ataque cerebral en la melancolía, dejan postergado el factor nocivo de la atrabilis (aunque contínuamente hable de ella).
««Según él, el delirio melancólico es consecuencia de un desorden del cerebro y de los espíritus animales que allí se encuentran.... Se produce una alteración «acética y corrosiva» de estos espíritus y sus efluvios se infiltran de manera irregular en diversas partes del cerebro y del sistema nervioso. Y como estos efluvios tienen la propiedad de estar en contínuo movimiento, resultará de ahí una constante agitación del pensamiento, que nutre las visiones del delirio. Por otra parte, la sangre cargada de partículas salinas, es menos inflamable, no «se enciende» lo suficiente en los pulmones y no brilla ni en el corazón ni en los vasos con una llama bastante clara y abundante: de ahí la tristeza, el temor y la falta de iniciativa»». Para Willis, la manía y la melancolía podían mutuamente reemplazarse, «al igual que el humo y la llama»...«si el melancólico empeora puede entrar en furia o manía y desde aquí a menudo termina en una disposición melancólica», dice él (Jackson, 1986)(2).
El siglo XVIII se interesa mucho por los fenómenos convulsivos. Ahora que los anatomistas conocen mejor las estructuras nerviosas, se va a atribuir a los nervios buena parte de los síntomas.
Correspondió al siglo de las luces atribuir una indiscutible primacía a las funciones del cerebro y de los nervios; la enfermedad mental viene causada por un trastorno de las operaciones nerviosas. La irritabilidad (descrita por Albert Von Haller, fisiólogo y político suizo, 1708-1777) explica las perturbaciones del ánimo sin que sean necesarias esos intermedios que son la atrabilis y los jugos corrompidos (Starobinski, 1960)(1).
Fue en el s. XVIII cuando un autor español, Andrés PIQUER (1711-1792), dejó un excelente manuscrito en su obra Discurso sobre la enfermedad del Rey, Nuestro Señor, Don Fernando VI (que Dios guarde) sobre la melancolía, con admirable precisión fenomenológica (López-Ibor, 1982)(4).
A finales del s. XVIII, para los autores de la Ilustración, la definición de melancolía que prevalecerá será del todo intelectual: la melancolía es la dominación excesiva que ejerce sobre la mente una idea exclusiva.
PINEL (1745-1826), en su Traité Medico- philosophique sur l'Aliénation Mentale (1806) (9 describe así la melancolía: «consiste en un juicio falso que el enfermo se forma acerca del estado de su cuerpo, que él cree en peligro por causas nimias, temiendo que sus intereses le salgan mal». Los principios que formula constantemente para la terapetica de la melancolía están fundamentados en el tratamiento moral, la labor principal consistirá en «destruir la idea exclusiva», pues para él, el melancólico es víctima de una idea que él mismo se ha hecho y que lleva en él una vida parasitaria.
El discípulo de Pinel, Esquirol (1820), al igual que otros autores de comienzos del s. XIX (como Prichard, 1835 y Rush, 1812), se esforzaron por desterrar la más mínima reminiscencia humoral y preconizaron que se borrara del vocabulario científico la palabra melancolía, que era más bien propia de los poetas y del vulgo. Así se forjaron nuevas denominaciones: monomanía triste (tristemanía) o lipemanía.
En 1845, Esquirol apunta que: «algunos pacientes, antes de estar maníacos, han estado previamente tristes, cansados...melancólicos», pero no considera que exista una forma distintiva de enfermedad, diciendo que esto sucede sólo en algunos pacientes (Jackson, 1986)(2).
Un discípulo de Esquirol, Jean Pierre Falret (10), en 1854, fue el primero en describir la locura circular (folie circulaire) como estados depresivos y maníacos separados por un intervalo libre, destacando el curso intermitente, el comienzo frecuentemente brusco y el carácter reversible de la mayoría de los episodios; enfrentándose a las opiniones prevalentes de la época, consideró la evolución hacia la cronicidad como una forma evolutiva muy rara.
Prácticamente al mismo tiempo y en el mismo lugar (La Salpetriére, París) otro discípulo de Esquirol, Jules BAILLARGER (11) (1854) describe la locura de doble forma (folie à double forme) en la misma línea que Falret. Con Falret y Baillarger, surge por primera vez en la historia de la psiquiatría el concepto de lo que actualmente entendemos por trastorno afectivo bipolar, aislado del resto de la patología psiquiátrica (Pichot, 1995)(6).
Otra contribución valiosa fue la de GRIESSINGER (1817-1868), sin duda el psiquiatra alemán más influyente de su época, que realizó enriquecidas descripciones clínicas de manía y melancolía, aunque él las describió principalmente como trastornos crónicos con pobre pronóstico. Como Areteo varios siglos antes, Griessinger concebía la manía como la etapa final de una melancolía gradualmente agravada, y ambas, como dos etapas de una única enfermedad (Jackson, 1986)(2).
Aunque ya anteriormente se habían descrito casos leves de manía (Falret, Esquirol y otros autores), Mendel (1881) fue el primero en definir la hipomanía como «leves estados abortivos de manía» (Goodwin y Jamison, 1990)(7).
KAHLBAUM, en 1882, hablaba de vesania (psicosis) típica circular al referirse a estos trastornos episódicos melancólicos y maníacos, y además incluyó después formas menores más leves, a las que denominó ciclotimia, caracterizadas por «episodios tanto de depresión como de excitación pero que no terminaban en demencia, como podían hacerlo la manía o melancolía crónicas». También acuñó el término distimia para referirse a una variedad crónica de melancolía (Ayuso y Sáiz, 1990)(8).
Aparte de estas contribuciones, muchos clínicos investigadores seguían considerando la manía y la melancolía como entidades separadas, crónicas de naturaleza y con un curso deteriorante progresivo.
Emil Kraepelin, en 1896, siguiendo las observaciones clínicas de los psiquiatras franceses, introdujo el concepto de locura maníaco-depresiva como entidad nosológica independiente. Incluyó en un concepto único todas las psicosis que hasta entonces se habían denominado periódicas y circulares, la manía simple, gran parte de los casos diagnosticados de melancolía y un pequeño número de síndromes amenciales. Posteriormente, en la octava edición de su tratado, a raíz de la crítica de Dreyfuss, incluye la melancolía involutiva. Para él, todos estos cuadros son manifestaciones de la misma enfermedad. Al decir esto se basa en el carácter hereditario (historia familiar), la sintomatología afectiva similar, la sucesión periódica de fases maníacas o melancólicas con períodos de remisión, y un pronóstico global comparativamente benigno sin un deterioro progresivo. Fue precisamente el pronóstico la principal característica que distinguía la locura maníaco-depresiva, delimitándola de la demencia precoz.
Después de Kraepelin, la evolución del concepto de enfermedad maníaco-depresiva siguió distintos caminos en Europa y EEUU......
Fuente: http://www.bipolarweb.com/Ehistoria.htm
Celso Vernon
12-18-2006, 02:08 PM
En el antiguo Egipto, el Faraón Ramsés II mandó grabar en el frontispício de su biblioteca la frase "Remedios para el alma". En el caso de los egipcios, sus bibliotecas se localizaban en templos denominados "Casas de vida", que eran considerados centros de conocimiento y espiritualidad...
"Sí, en el Antiguo Egipto creían que el corazón era el centro de la vida y, por tanto, el alma residía en el corazón", nos explicaba Zimmer. "Aristóteles también pensaba que el corazón constituía el centro de la vida. Muy poca gente pensaba en el cerebro como lo hacemos ahora, como el lugar en el que se ubica nuestro sentido del yo, nuestra personalidad, nuestros recuerdos. El corazón, como residencia del espíritu, fue un concepto muy poderoso durante siglos. En la Edad Media se creía que cada persona tenía tres almas: una en el hígado y otra en el corazón; la tercera era el alma racional, el alma del cristianismo, que no se ubicaba en ningún lugar concreto porque se trataba de un alma inmaterial. Así que el corazón siguió considerándose como un órgano central en lo relativo al alma, y por eso tenemos imágenes de Jesús abriendo su corazón".
Fuente:http://www.elcultural.es/HTML/20061130/LETRAS/LETRAS19194.asp
Celso Vernon
12-18-2006, 03:24 PM
Biblioterapia es un término derivado de las palabras latinas libro y tratamiento. "Biblio", es la raíz etimológica de palabras usadas para designar todo tipo de material bibliográfico, y "terapia", significa cura o restablecimiento. La biblioterapia es vista como un proceso interactivo, resultando en una integración bien sucedida de valores y acciones.
La biblioterapia o la lectura con fines curativos, tiene su origen en la Antigüedad y en la Edad Media, épocas en las cuales, la biblioterapia se incluía entre los preceptos de la dietética, es decir, entre las normas para llevar una vida saludable.
En el antiguo Egipto, el Faraón Rammsés II mandó grabar en el frontispício de su biblioteca la frase "Remedios para el alma". En el caso de los egipcios, sus bibliotecas se localizaban en templos denominados "Casas de vida", que eran considerados centros de conocimiento. y espiritualidad .
Entre los romanos, Aulus Cornelius Celsus también asoció la lectura con el tratamiento médico, al recomendar la lectura y discusión de las obras de grandes oradores como recurso terapéutico en el desarrollo de la capacidad crítica de los pacientes. También los griegos consideraban los libros, como una forma de tratamiento médico y espiritual al concebir las bibliotecas como "medicina del alma". La lectura de textos sagrados en el transcurso de una operación era algo habitual en la Edad Media. El objeto de dichas lecturas no tenía, como se puede pensar, fines religiosos sino biblioterapeúticos. Las lecturas a las que recurrían en dichas operaciones podían ir desde la Biblia, vida de santos, hasta epopeyas, tragedias y otras historias profanas, cumpliendo todas ellas fines terapéuticos. La dedicación de algunos religiosos posibilitó el resurgimiento del uso terapéutico de la lectura en hospitales para enfermos mentales en el siglo XIX. Hoy en día, la biblioterapia no es una práctica muy habitual entre los médicos. Ello se debe a que el uso de otras medicinas más duras, potentes y eficaces han relegado a un segundo plano el uso de esta técnica terapeútica.
Actualmente, la biblioterapia puede considerarse bien como un proceso de desarrollo personal o bien como un proceso clínico de cura. En este proceso, sus participantes, reunidos en grupos homogéneos, y guiados por un profesional, llevan a cabo discusiones con objeto de promover la integración de sentimientos y pensamientos a fin de promover la autoafirmación, el autoconocimiento o la rehabilitación.
Siguiendo la definición anterior, podemos distinguir dos tipos de biblioterapia: biblioterapia clínica y biblioterapia personal:
Biblioterapia clínica. Destinada a las personas con serios problemas de comportamiento social, emocional, moral etc. Su aplicación se produce básicamente en instituciones de salud como hospitales, clínicas, y organizaciones de salud mental. Su aplicación se lleva a cabo a través de programas estructurados, en los que participan psicoterapeutas, médicos y bibliotecarios. Su objetivo es lograr que los pacientes modifiquen sus actitudes y comportamiento, consiguiendo la solución o mejora del problema de comportamiento presentados. La biblioterapia institucional, es un tipo de asistencia que una institución presta a sus usuarios en grupo o individualmente, a través de un equipo de profesionales. Con ello, lo que pretenden tratar son enfermedades mentales, disturbios de comportamiento ... , para ello suministran literatura sobre el problema a tratar. Este material es usado en las sesiones, debiendo ser aplicado por un conjunto de profesionales, que incluya un bibliotecario, un profesional de salud o de la educación, dependiendo del tipo de trabajo se vaya a realizar. El objetivo de todo este proceso, es prestar información al usuario y esclarecer las dudas sobre un problema específico, de esta forma se le ayuda a tomar decisiones y a reorientar su comportamiento conforme al objetivo definido.
Biblioterapia para el desarrollo personal. Se define como el apoyo literario personalizado para posibilitar un desarrollo normal y progresivo de la persona que busca ayuda. Puede ser aplicada en carácter preventivo y correctivo. También puede ser usada bajo la forma de tratamiento de grupo. Este tratamiento se aplica principalmente en escuelas, bibliotecas públicas y centros comunitarios o religiosos, asumiendo el Bibliotecario el rol de educador. El uso de libros para influir en el desarrollo de la personalidad es un proceso de interacción entre el lector y la literatura. Se utiliza, para el enriquecimiento de la personalidad, el desarrollo de objetivos clínicos de higiene mental y la adaptación social. Esta tipología de biblioterapia se define como un sistema de educación abierto y continuo pero con aspectos de terapia implícitos; el terapeuta, fija unos objetivos basados en el conocimiento de las necesidades de cada persona que está representada en el grupo (adultos, adolescentes, etc.), y debe conducir la discusión basada no en el conocimiento de los problemas individuales del grupo, pero sí en las necesidades generales de desarrollo y conocimiento. El objetivo es solucionar y prevenir los problemas y las crisis que pueden surgir en casos concretos de la vida real. Este tratamiento, se aplicada preferentemente en grupos homogéneos, con los mismos intereses, y edades similares. Los integrantes de estos grupos, deben ser informados de como el programa biblioterápico está estructurado y opinar sobre él y su desarrollo. Es responsabilidad del bibliotecario identificar el problema de su usuario antes de planear u organizar cualquier programa. Esta identificación podrá ser hecha por el propio bibliotecario (si tuviera formación profesional), o en colaboración con otro especialista, que puede integrar el equipo educativo de la escuela (psicólogo escolar) o el equipo de salud (psicólogo clínico).
La persona que se somete la biblioterapia, generalmente tiene acceso a dos tipos de literatura: la literatura de ficción, la literatura didáctica.
Literatura de ficción. En los tratamientos mediante este tipo de literatura, se distinguen las siguientes fases:
Identificación, sería la fase de valoración de las impresiones suscitadas por el personaje (agrado, desagrado, comportamiento del personaje).
Proyección (consciente e inconsciente) de sus motivos personales ( del individuo) en la trama representada por los personajes.
Proceso emocional de identificación con actitudes como culpa, ansiedad, tensión, expresión de la rabia contra la personaje o autor,
Auto-reconocimiento en las situaciones presentadas, derivando en la incorporación de nuevos conceptos y una integración de mayor personalidad del individuo.
Literatura especializada, establece algunas directrices básicas que deben ser seguidas por el bibliotecario en la elaboración y conclusión del proceso:
Escoger un local adecuado para las reuniones del grupo.
Formación y capacitación adecuada para conducir las discusiones del grupo.
Formar grupos homogéneos para lectura y discusión de temas previamente escogidos.
Preparar listas de material bibliográfico adecuadas a las necesidades de cada grupo.
Establecer una situación de ayuda entre el bibliotecario y el usuario, para elaborar un programa estructurado.;
Uso materiales con los cuales esté familiarizado.
Seleccionar materiales que contengan situaciones familiares a los participantes del grupo,
Seleccionar materiales que traduzcan los sentimientos y los pensamientos de los usuarios.
Seleccionar materiales que estén de acuerdo con la edad del grupo.
Seleccionar material impreso y no impreso en la misma medida.
Cuando el bibliotecario se convierte en doctor
En la biblioterapia se aúnan dos elementos: por un lado la existencia de un usuario con un problema específico; y por otro, un bibliotecario que conoce tanto el problema como la historia de la persona. La orientación del bibliotecario se enmarca dentro de un programa estructurado, que supone más que la mera transferencia de información. El bibliotecario requiere de unos conocimientos específicos para aplicar unos materiales concretos y provocar en el usuario unas respuestas que coincidan con su potencial y características específicas. Con relación la actividad del profesional de Biblioteconomía y Ciencia de la Información el hacer la selección del material, implica muchos riesgos, pues el bibliotecario se define como investigador y profesional, y al mismo tiempo, como ciudadano participante de cambios sociales.
El componente que hace que la biblioterapia sea una técnica de asesoramiento es un biblioterapeuta que puede ser cualquiera de los profesionales que actúan conjuntamente en este programa (psicólogo, educador, bibliotecario o asistente social). Este profesional, prescribe un material bibliográfico específico, con objeto de dar solución a los problemas personales.
Para actuar correctamente, el biblioterapeuta debe poseer algunas cualificaciones:
Una comprensión profunda de la naturaleza psicológica del problema que está siendo tratado
Una comprensión del contenido del libro prescrito en cuanto al tema tratado se refiere
Capacidad para formular hipótesis, en cuanto al impacto que este material tendrá sobre la solución del problema
Cuando los usuarios de la biblioteca, acuden a la misma para utilizar sus servicios como un recurso para mejorar situaciones personales, de salud, sociales ... , es cuando el bibliotecario ha de proporcionarle una atención más personalizada y atenta, siendo consciente de la situación de estos usuarios. Es en esta caso, cuando el bibliotecario pasa a ejercer el papel de médico o farmacéutico y trata de recomendar a sus usuarios los libros que le ayuden a mejorar la situación en la que se encuentren.
Todo tipo de biblioteca dispone de material susceptible de convertirse en un recurso de biblioterapia, pero hay ciertas bibliotecas, que por su ubicación, realizan muy a menudo estas funciones biblioterapeúticas. Es el caso de bibliotecas de hospitales, bibliotecas penitenciarias y bibliotecas de mujeres. Es en estos centros, donde el bibliotecario debe extremar su sensibilidad con determinados casos, y ha de tener un buen conocimiento del material que están buscando los usuarios y potenciar estas secciones que suponen un recurso muy importante para personas que carecen de ellos.
Consideraciones finales
La biblioterapia se constituye en una actividad interdisciplinar, pudiendo ser desarrollada en asociación con la Biblioteconomía, la Literatura, la Educación, la Medicina, la Psicología y la Enfermería.
La biblioterapia puede ser un medio posible y efectivo para el cambio de comportamiento auto-corrección y formación de los sujetos en la realidad que será estudiada. Es una forma de mostrar que la lectura puede transformarse en un medio para el encuentro consigo mismo y para la obtención de beneficios culturales.
Bibliografía
Biblioterapia: uma prática para o desenvolvimento pessoal , por Danielle Thiago Ferreira. En: ETD – Educação Temática Digital, Campinas, SP, v.4, n.2, p.35-47, jun. 2003 [ISSN: 1517-2539]
Fuente: http://www.absysnet.com/tema/tema40.html
vBulletin® v3.8.7, Copyright ©2000-2012, vBulletin Solutions, Inc.