babuino
11-16-2004, 07:04 PM
Si en una conversación coloquial aparece el tema del Egipto Antiguio (y en mi caso eso ocurre con frecuencia) nos daremos cuenta de varias cosas. La primera y que no trataré hoy aunque sí me gustaría hacerlo aquí, es que siempre hay alguien que hablará del tema con un aplomo y una seguridad pasmosos… sin tener ni puñetera idea. Creyendo que el hecho de saber pronunciar Tutankamon (y su máscara, y su maldición) Ramses (no recuerdo bien el número) pirámide y, por supuesto misterio saben todo lo que hay que saber sobre esta cultura. Misterio. ¡Bonita palabra pardiez!. Y muy práctica. Si se le da la entonación adecuada y se pronunca en el momento preciso es capaz de darle un tinte de sabiduría a la más enciclopédica de las ignorancias.
En esta hipotética conversación otro tema recurrente sería la espiritualidad de los egipcios. Y quienes argumentaran a favor de esa espiritualidad tendrían razón… solo en parte (dualidad, muy pocos entrarán en eso tan importante para nuestra adorada civilización egipcia). Me explico. En esta época nuestra, en la que todo está en venta, en la que todo se simplifica y se vacía de contenido para que pueda ser consumido más rápida y cómodamente, la espiritualidad no es una excepción. Si se nos pide que evoquemos la espiritualidad en una imagen, lo primero que imaginaremos será un señor con la cabeza rapada, una túnica ridícula y recitando mantras (sea eso lo que sea). Esa imagen tendría variaciones dependiendo de cada persona; pero no demasiadas. A eso hemos reducido la espiritualidad. A una imagen. Una imagen consoladora que nos recuerda que algo trascendente hubo, que nos hace pensar que aún lo conservamos mientras discurrimos la forma de conseguir el último modelo de teléfono móvil equipado con videoconferencia polifónica y vibrador ninfómano. Y no digo que esta sea una actitud unánime, ojo, pero sí está lo suficientemente extendida como para adquirir rango de norma general. Tal vez este sea un extremo, el otro es más terrible, más oscuro. En el otro extremo están los mercaderes del consuelo espiritual que tienen montados sus lucrativos chiringuitos en la calle de la desesperación y en la plaza de la ignorancia. ¿A qué viene todo esto? Pues puede que venga a que padezco un grave caso de incontinencia verbal que debo hacerme mirar lo más pronto posible. Volvamos a Egipto.
Para un egipcio la espiritualidad no era una imagen. Ni una opción. Un egipcio en tiempos de los faraones (esos dioses que comían y cagaban) no tenía la opción de creer o no creer en los dioses. Los antigos egipcios convivían con los dioses. Incluso los pequeños detalles de la vida cotidiana estaban condicionados por ellos. Ellos no eran gobernados por un hombre, lo eran por un dios encarnado. Para ellos Isis, Osiris, Set, y sus andanzas, los Shemsu-Hor no eran mitología; eran historia. Los egipcios no creían, ellos sabían. Para nosotros (y mucho más para los ateos convencidos como yo) resulta muy, pero muy difícil comprender ese tipo de pensamiento. Ellos no necesitaban comprender. Para ellos el mundo espiritual era tan real e incontestable como para nosotros lo es la certeza de que mañana volverá a amanecer. Otro aspecto fundamental de la espiritualidad egipcia, tal vez el más importante era su vocación de eternidad, de búsqueda de inmortalidad. Sin embargo para comprenderlos (o al menos intentarlo) debemos sacarnos de la cabeza esa imagen de espiritualidad ideal, contemplativa y poco práctica. Y volvemos a la dualidad, tan egipcia ella. Si bien los egipcios «sabían» que los dioses existen tambien conocían la mala memoria a largo plazo que tenemos los humanos. Los dioses son una gente cojonuda en la mayoría de los casos, pero exigen unos ritos y unas infraestructuras. Esas cosas costaban dinerito, y la mala memoria a la hora de aflojar la mosca es un rasgo que ya existía en aquella época y hoy en día sigue muy vigente. Había que encontrar la forma de perpetuar el culto en los templos funerarios de los faraones sin que dependieran de la voluble actitud de sus sucesores; dioses como ellos y volubles como ellos. En ese contexto de espiritualidad y espíritu práctico nacieron las fundaciones piadosas. «Dale pan a un hambriento y solucionarás su problema un día, enséñale a sembrar y solucionará su problema él mismo y definitivamente». Esa es, a grandes rasgos la idea fundamental de estas instituciones llamadas fundaciones piadosas. La cosa consistía básicamente en dotar al templo funerario del faraón de recursos económicos propios (tierras, ganados…) para hacerlo autosuficiente y asegurar el culto.
El templo como centro económico además de lugar de culto no es un invento egipcio. Existieron antes, en otros lugares y existirían despues. Un ejemplo puede ser el templo de Melkart (dios asimilado al Herakles griego) en Cádiz que llegó a emitir su propia moneda. Sin embargo los egipcios adaptaron esta idea a su ideal de eternidad; y lo hicieron, como casi todo lo que hacían, efectiva y meticulosamente. En este mensaje voy a referirme únicamente a las fundaciones que gestionaban los templos de las pirámides en los que se rendía culto a la estatua del faraón durante el Imperio Antiguo y el Imperio Medio. Luego la cosa se fue complicando, las hubo vinculadas a cultos regionales e incluso a cultos particulares. Todo ello bien mezcladito: fundaciones que compartían recursos, fundaciones compartidas en si mismas con un culto principal y varios secundarios, fundaciones subsidiarias de otras… Un enredo que si os apetece podemos tratar de desembrollar un poco. Hoy en día (y que alguien me corrija si me equivoco, en este tema estoy manejando fuentes que considero obsoletas) contamos con dos únicas fuentes que nos describen directamente el funcionamiento de las fundaciones piadosas vinculadas al culto a las estatuas de los faraones: los papiros de Abusir concernientes al faraón Neferirkare de la Dinastía V, y los de Illahun que se refieren al faraón Sesostris II de la Dinastía XII. Estos papiros nos describen una organización que ya existía anteriormente, y por tanto una organización evolucionada con todo lo que ello conlleva. Los papiros de Abusir nos muestran una organización muy compleja: listas de obligaciones incluyendo los extras en las festividades especiales, actas de inspección del templo, procedencia de los ingresos incluídos los procedentes de otras fundaciones que podrían ser subsidiarias, toda una empresa que incluía propiedades, obligaciones, y por supuesto trabajadores: desde bailarinas y tañedores de flauta hasta canteros pasando por los inevitables sacerdotes, escribas… casi un estado independiente dentro del estado.
Sin embargo esa vocación de eterndidad no sirvio para nada. Con el tiempo los templos fueron decayendo, se construyeron aldeas en sus aledaños e incluso en sus mismos patios, sus recursos se fueron perdiendo, supongo que a favor de ambiciones menos piadosas y más mundanas. Y a pesar de que en algunos casos se llegó a revitalizar el culto, el tiempo se los fue tragando y al final solo quedaron las pirámides como únicos exponentes de algo de lo que no habían sido sino una parte.
Y ya no doy más la vara. Por hoy creo que es suficiente. Si os apetece entre todos podemos desarrollar más este tema porque releyéndolo creo que se me ha quedado algo cojo.
Saludos.
PS. Mi fuente principal en este tema ha sido el libro Historia del Egipto Antiguo de la editorial Crítica.
En esta hipotética conversación otro tema recurrente sería la espiritualidad de los egipcios. Y quienes argumentaran a favor de esa espiritualidad tendrían razón… solo en parte (dualidad, muy pocos entrarán en eso tan importante para nuestra adorada civilización egipcia). Me explico. En esta época nuestra, en la que todo está en venta, en la que todo se simplifica y se vacía de contenido para que pueda ser consumido más rápida y cómodamente, la espiritualidad no es una excepción. Si se nos pide que evoquemos la espiritualidad en una imagen, lo primero que imaginaremos será un señor con la cabeza rapada, una túnica ridícula y recitando mantras (sea eso lo que sea). Esa imagen tendría variaciones dependiendo de cada persona; pero no demasiadas. A eso hemos reducido la espiritualidad. A una imagen. Una imagen consoladora que nos recuerda que algo trascendente hubo, que nos hace pensar que aún lo conservamos mientras discurrimos la forma de conseguir el último modelo de teléfono móvil equipado con videoconferencia polifónica y vibrador ninfómano. Y no digo que esta sea una actitud unánime, ojo, pero sí está lo suficientemente extendida como para adquirir rango de norma general. Tal vez este sea un extremo, el otro es más terrible, más oscuro. En el otro extremo están los mercaderes del consuelo espiritual que tienen montados sus lucrativos chiringuitos en la calle de la desesperación y en la plaza de la ignorancia. ¿A qué viene todo esto? Pues puede que venga a que padezco un grave caso de incontinencia verbal que debo hacerme mirar lo más pronto posible. Volvamos a Egipto.
Para un egipcio la espiritualidad no era una imagen. Ni una opción. Un egipcio en tiempos de los faraones (esos dioses que comían y cagaban) no tenía la opción de creer o no creer en los dioses. Los antigos egipcios convivían con los dioses. Incluso los pequeños detalles de la vida cotidiana estaban condicionados por ellos. Ellos no eran gobernados por un hombre, lo eran por un dios encarnado. Para ellos Isis, Osiris, Set, y sus andanzas, los Shemsu-Hor no eran mitología; eran historia. Los egipcios no creían, ellos sabían. Para nosotros (y mucho más para los ateos convencidos como yo) resulta muy, pero muy difícil comprender ese tipo de pensamiento. Ellos no necesitaban comprender. Para ellos el mundo espiritual era tan real e incontestable como para nosotros lo es la certeza de que mañana volverá a amanecer. Otro aspecto fundamental de la espiritualidad egipcia, tal vez el más importante era su vocación de eternidad, de búsqueda de inmortalidad. Sin embargo para comprenderlos (o al menos intentarlo) debemos sacarnos de la cabeza esa imagen de espiritualidad ideal, contemplativa y poco práctica. Y volvemos a la dualidad, tan egipcia ella. Si bien los egipcios «sabían» que los dioses existen tambien conocían la mala memoria a largo plazo que tenemos los humanos. Los dioses son una gente cojonuda en la mayoría de los casos, pero exigen unos ritos y unas infraestructuras. Esas cosas costaban dinerito, y la mala memoria a la hora de aflojar la mosca es un rasgo que ya existía en aquella época y hoy en día sigue muy vigente. Había que encontrar la forma de perpetuar el culto en los templos funerarios de los faraones sin que dependieran de la voluble actitud de sus sucesores; dioses como ellos y volubles como ellos. En ese contexto de espiritualidad y espíritu práctico nacieron las fundaciones piadosas. «Dale pan a un hambriento y solucionarás su problema un día, enséñale a sembrar y solucionará su problema él mismo y definitivamente». Esa es, a grandes rasgos la idea fundamental de estas instituciones llamadas fundaciones piadosas. La cosa consistía básicamente en dotar al templo funerario del faraón de recursos económicos propios (tierras, ganados…) para hacerlo autosuficiente y asegurar el culto.
El templo como centro económico además de lugar de culto no es un invento egipcio. Existieron antes, en otros lugares y existirían despues. Un ejemplo puede ser el templo de Melkart (dios asimilado al Herakles griego) en Cádiz que llegó a emitir su propia moneda. Sin embargo los egipcios adaptaron esta idea a su ideal de eternidad; y lo hicieron, como casi todo lo que hacían, efectiva y meticulosamente. En este mensaje voy a referirme únicamente a las fundaciones que gestionaban los templos de las pirámides en los que se rendía culto a la estatua del faraón durante el Imperio Antiguo y el Imperio Medio. Luego la cosa se fue complicando, las hubo vinculadas a cultos regionales e incluso a cultos particulares. Todo ello bien mezcladito: fundaciones que compartían recursos, fundaciones compartidas en si mismas con un culto principal y varios secundarios, fundaciones subsidiarias de otras… Un enredo que si os apetece podemos tratar de desembrollar un poco. Hoy en día (y que alguien me corrija si me equivoco, en este tema estoy manejando fuentes que considero obsoletas) contamos con dos únicas fuentes que nos describen directamente el funcionamiento de las fundaciones piadosas vinculadas al culto a las estatuas de los faraones: los papiros de Abusir concernientes al faraón Neferirkare de la Dinastía V, y los de Illahun que se refieren al faraón Sesostris II de la Dinastía XII. Estos papiros nos describen una organización que ya existía anteriormente, y por tanto una organización evolucionada con todo lo que ello conlleva. Los papiros de Abusir nos muestran una organización muy compleja: listas de obligaciones incluyendo los extras en las festividades especiales, actas de inspección del templo, procedencia de los ingresos incluídos los procedentes de otras fundaciones que podrían ser subsidiarias, toda una empresa que incluía propiedades, obligaciones, y por supuesto trabajadores: desde bailarinas y tañedores de flauta hasta canteros pasando por los inevitables sacerdotes, escribas… casi un estado independiente dentro del estado.
Sin embargo esa vocación de eterndidad no sirvio para nada. Con el tiempo los templos fueron decayendo, se construyeron aldeas en sus aledaños e incluso en sus mismos patios, sus recursos se fueron perdiendo, supongo que a favor de ambiciones menos piadosas y más mundanas. Y a pesar de que en algunos casos se llegó a revitalizar el culto, el tiempo se los fue tragando y al final solo quedaron las pirámides como únicos exponentes de algo de lo que no habían sido sino una parte.
Y ya no doy más la vara. Por hoy creo que es suficiente. Si os apetece entre todos podemos desarrollar más este tema porque releyéndolo creo que se me ha quedado algo cojo.
Saludos.
PS. Mi fuente principal en este tema ha sido el libro Historia del Egipto Antiguo de la editorial Crítica.