El atormentado espíritu
05-01-2004, 01:24 PM
¿Importa mucho el nombre del autor de este artículo (resumen)?:
Auguste Mariette llegó a Egipto el 2 de octubre de 1.850. Las recomendaciones proporcionadas por el constructor del Canal de Suez, Ferdinand Lesseps, llevó al gobierno egipcio, en 1.868, a nombrarle Director General de Excavaciones en Egipto. Con tal cargo llegó a dirigir a 2.700 operarios en 40 excavaciones simultáneas, fundó el Museo de El Cairo y en 1.879 fue condecorado con el título de bajá. Pero sus comienzos fueron más humildes. Su misión inicial fue la de comprar papiros antiguos a las jerarquías eclesiásticas coptas con los 6.000 francos que le fueron entregados por la Academia de Ciencias de París. Aburrido por la burocracia el inquieto francés intentó paliar la espera con visitas a la meseta de Giza y Saquara, donde descubrió varias esfinges y una pizarra con el nombre de Apis. Este hallazgo le hizo evocar un escrito de Estrabón: "…En Menphis se eleva un templo del dios Osiris. Cerca de allí, en un lugar muy arenoso y cubierto de dunas formadas por el viento, se encuentra un templo consagrado a Serapis, cuyas esfinges, medio sepultadas por la arena, nos ha sido posible ver…".
Mariette relacionó las esfinges que veía con las mencionadas por Estrabón y decidió destinar el dinero de los papiros a la contratación de 30 trabajadores para despejar la zona en busca de los templos de Apis y de Serapis.
La apuesta le salió perfecta ya que en pocos días había desenterrado 134 esfinges y había conseguido encontrar las ruinas de un templete donde unas inscripciones señalaban que el faraón Nectarebo II (360-342 a.C.) había dedicado el templo a Apis. También encontró estatuillas diversas y una estatua de cal con la efigie de un buey Apis. Estrabón parecía no mentir y con tal razonamiento comunicó sus hallazgos a París. Sus superiores quedaron convencidos del éxito en la empresa y le enviaron otros 30.000 francos para continuar las excavaciones así como para la obtención del correspondiente permiso. Con los problemas económicos y burocráticos resueltos la operación Serapis se puso de nuevo en marcha, esta vez con argumentos tan contundentes como el empleo de la dinamita. Gran cantidad de arena y de escombros voló por los aires y a cada explosión el desierto mostraba una herida. Por una de ellas consiguió penetrar, al fin, a una cripta subterránea. Era la mañana del 11 de noviembre de 1.851 y ante sus ojos se mostraba un maravilloso y gigantesco sarcófago.
Mariette descubrió así el primero de los sarcófagos de los bueyes Apis del Serapeum. O así lo creyó, porque la verdad es que su interior estaba vacío. Las siguientes excavaciones descubrieron otras diez bóvedas cuyos sarcófagos también se encontraban vacíos. Todas las tapas estaban descorridas unos centímetros, los suficientes para introducir la cabeza, los necesarios para comprobar que sólo contenían polvo. Pero la suerte le sonrió cuando llegaron a otra cripta donde había un féretro con la tapa sin mover, no violado por los ladrones de tumbas. Los esfuerzos para retirarla fueron inútiles pues estaba pegada con pez y los siglos habían conseguido que se uniera de tal forma al tanque que sólo existía una manera para abrirlo. Las cargas de dinamita se situaron y una esquina estalló en mil pedazos. Inexplicablemente tampoco contenía buey alguno.
Posteriormente Mariette localizó otra galería. Doce grandes nichos se abrían a derecha y a izquierda conteniendo nuevos y vacíos sarcófagos. Hoy ambas galerías están unidas y juntas llegan a medir casi los 200 metros. A ambos lados se abren un total de 23 criptas que contienen 21 tanques de granito, ya que dos están vacías. En un corredor paralelo se encuentra todavía uno de los sarcófagos que nunca llegó a su destino, 22 sarcófagos para guardar… polvo. ¿Para qué derrochar tanto esfuerzo?
Cuando Egipto se anexionó al Imperio romano los cultos dejaron de practicarse y los templos quedaron desprotegidos, sufriendo todo tipo de saqueos. Sarcófagos de madera y momias fueron utilizados como combustible. Las estatuas y otros objetos de culto no tuvieron mejor suerte cuando en el siglo II llegaron los monjes cristianos, quienes destruyeron gran cantidad de momias depositadas en galerías subterráneas. Pese a todo algunas consiguieron salvarse, pero sólo para servir de medicamento durante la Edad Media, siendo muy utilizadas para combatir la parálisis, enfermedades cardíacas, problemas de estómago, fracturas óseas o para curar la impotencia y aumentar la virilidad. El polvo de momia fue comercializado durante dos siglos en una industria que alimentó muchos hogares. Tras estos expolios surgió la fiebre del coleccionismo y muchas familias adoptaron entre sus miembros a un antiguo egipcio milenario que, aunque no daba mucha conversación, quedaba estupendo colocado en el salón de la casa con sarcófago y todo.
No resulta extraño suponer que los ladrones de tumbas saquearan la mayor parte del patrimonio cultural de los faraones. Pero recurrir a ellos siempre que no se encuentra lo que se busca resulta lamentable. En el Serapeum de Menphis no existe la menor duda de que antes de Mariette alguien quiso ver lo que contenían los tremendos tanques de granito. Pero por la ligera abertura que presentan no cabe, en ocasiones, ni siquiera un hombre. En caso de que los bueyes hubiesen sido sacados por allí debieron cortar la momia en muchos pedazos. Y en su interior no se ha encontrado ningún rastro de fibras textiles, ni de partículas óseas, ni de rastro vegetal o mineral, ni un minúsculo trozo de metal, ni un solo pelo que delate que allí hubo alguna vez algo. Nada.
En una cripta subterránea de Abusyr se encontraron dos momias. Las vendas seguían la estructura física de un animal que indudablemente parecía un toro. El cuerpo, la cabeza y hasta los cuernos eran perfectamente reconocibles. Los especialistas franceses Lortet y Gaillard estudiaron la primera momia y cuando retiraron los vendajes comprobaron que de toro sólo tenía la forma, conseguida tras moldear una masa de alquitrán que agrupaba miles de huesos de animales distintos. La segunda momia, que medía dos metros y medio de largo por uno de ancho, fue analizada por el doctor Ange-Pierre Lecca y constató, asimismo, que contenía huesos de siete animales diferentes. La momia del toro sagrado seguía sin aparecer.
El 5 de septiembre de 1.852 Auguste Mariette encontró en el templo anexo al Serapeum nuevas tumbas y sarcófagos. El templo hoy puede apreciarse a la izquierda cuando se baja por la rampa que introduce al Serapeum y sus galerías subterráneas tienen comunicación con éste. Su sorpresa fue mayúscula cuando la dinamita, aparte de destrozar la roca, dañó un sarcófago de madera y parte de la momia del hombre allí enterrado. Llevaba una máscara de oro, colgantes de oro y piedras preciosas y varios amuletos de Ramsés II. Dieciocho estatuas rodeaban el féretro. Se trataba de un hijo de Ramsés II, el príncipe Kha-m-was, encargado de la restauración de la pirámide de Unas, gobernador de Menphis y alto sacerdote de Ptah. Por alguna razón quiso enterrarse junto a las momias de bueyes que se encontraban en los nichos cercanos.
Las criptas de los toros estaban invioladas. Una estatua de Osiris custodiaba el conjunto. En las paredes y libación. Estatuillas y ofrendas salpicaban el suelo y el sarcófago, forrado de oro, guardaba sus sellos intactos. Cuando se abrieron aparecieron las momias de dos toros momificados, pero su examen certificó que se trataba nuevamente de un conjunto de minúsculas astillas de hueso, de animales de distintas especies, unidas en una masa bituminosa. Pero la mayor sorpresa vino en los años 30 cuando el arqueólogo británico Robert Mond y el doctor Oliver Myers estudiaron la momia del hijo de Ramsés encontrada por Mariette. Tras los vendajes se descubrió la misma masa maloliente de betún y la misma amalgama de astillas de huesos.
Uno de los bueyes encontrado por Mariette puede hoy contemplarse en el Museo de Agricultura de El Cairo, testigo mudo de una práctica que no se entiende pues, según la arqueología, la sepultura de una momia en cualquier otra forma que no sea la del cuerpo entero era impensable para los egipcios e iba en contra de sus conceptos religiosos. Momias de Apis pueden ser hoy contempladas en los museos de El Cairo, Viena, París, Londres y Nueva York. ¿Se han analizado? ¿Contienen verdaderos bueyes?
En ninguna de las galerías hay una sola inscripción. Y en ninguno de los sarcófagos existe referencia alguna que indique su antigüedad, a excepción de uno de ellos, en el que con trazo apresurado se escribieron jeroglíficos en la época de los ptolomeos. Junto al Serapeum se encuentra un recinto que muy posiblemente se corresponda al mencionado por Estrabón. Las inscripciones de tiempos de Ramsés II indican que es mucho más antiguo de la época ptolemaica en la que se data el conjunto. Y además, Kha-m-was, no sólo era el encargado de sus cuidados, sino que también era el jefe de mantenimiento de la pirámide de Unas (VI dinastía). Sabemos también que una cuadrilla de operarios de Ramsés II a las órdenes de los sacerdotes del templo de Maat, en Tebas, se encargaron de las obras de restauración de las pirámides de Keops y Kefrén en Giza. Es decir, que eran cuidadores de monumentos mucho más antiguos. ¿Tan antiguos como el Serapeum?.
La superposición de edificaciones es algo común en Egipto ya que encontramos juntas construcciones que no cabe duda que fueron egipcias y otras que no se sabe su procedencia. Para el Serapeum se trajeron moles inmensas de granito desde Aswán, a 1.000 Km de distancia; en el templo anexo sólo se encuentran pequeños sillares de caliza, imperfectos y amontonados. El templo situado en la rampa de acceso al Serapeum no guarda relación tecnológica con las galerías y sarcófagos del mismo. Es el mismo caso del Osirión en Abydos, del templo de Isis en la Esfinge, del Obelisco Inacabado o de las mismas pirámides de Giza, que aparecen como islas anacrónicas dentro del mar cultural faraónico. Ningún jeroglífico ni relieve justifica su presencia. Ningún documento histórico indica su cronología, sus constructores o su finalidad. Y son considerados como templos o tumbas, negando con ello una posible funcionalidad tecnológica.
Tumbas y siempre tumbas. El problema es que las pirámides de Giza o el Serapeum no parecen tumbas. No existe civilización como la egipcia que haya despojado a la muerte del miedo que provoca. Las tumbas, lejos de lo macabro o transitorio, son hasta confortables. La decoración es bella y las escenas que se representan son alegres. No existe un centímetro de pared o de techo que no esté decorado o esculpido. Pero en el Serapeum no existe nada de eso.
Si creeis que es importante, pues lo doy y basta pero me interesa mucho mas lo que opineis de su contenido.
Auguste Mariette llegó a Egipto el 2 de octubre de 1.850. Las recomendaciones proporcionadas por el constructor del Canal de Suez, Ferdinand Lesseps, llevó al gobierno egipcio, en 1.868, a nombrarle Director General de Excavaciones en Egipto. Con tal cargo llegó a dirigir a 2.700 operarios en 40 excavaciones simultáneas, fundó el Museo de El Cairo y en 1.879 fue condecorado con el título de bajá. Pero sus comienzos fueron más humildes. Su misión inicial fue la de comprar papiros antiguos a las jerarquías eclesiásticas coptas con los 6.000 francos que le fueron entregados por la Academia de Ciencias de París. Aburrido por la burocracia el inquieto francés intentó paliar la espera con visitas a la meseta de Giza y Saquara, donde descubrió varias esfinges y una pizarra con el nombre de Apis. Este hallazgo le hizo evocar un escrito de Estrabón: "…En Menphis se eleva un templo del dios Osiris. Cerca de allí, en un lugar muy arenoso y cubierto de dunas formadas por el viento, se encuentra un templo consagrado a Serapis, cuyas esfinges, medio sepultadas por la arena, nos ha sido posible ver…".
Mariette relacionó las esfinges que veía con las mencionadas por Estrabón y decidió destinar el dinero de los papiros a la contratación de 30 trabajadores para despejar la zona en busca de los templos de Apis y de Serapis.
La apuesta le salió perfecta ya que en pocos días había desenterrado 134 esfinges y había conseguido encontrar las ruinas de un templete donde unas inscripciones señalaban que el faraón Nectarebo II (360-342 a.C.) había dedicado el templo a Apis. También encontró estatuillas diversas y una estatua de cal con la efigie de un buey Apis. Estrabón parecía no mentir y con tal razonamiento comunicó sus hallazgos a París. Sus superiores quedaron convencidos del éxito en la empresa y le enviaron otros 30.000 francos para continuar las excavaciones así como para la obtención del correspondiente permiso. Con los problemas económicos y burocráticos resueltos la operación Serapis se puso de nuevo en marcha, esta vez con argumentos tan contundentes como el empleo de la dinamita. Gran cantidad de arena y de escombros voló por los aires y a cada explosión el desierto mostraba una herida. Por una de ellas consiguió penetrar, al fin, a una cripta subterránea. Era la mañana del 11 de noviembre de 1.851 y ante sus ojos se mostraba un maravilloso y gigantesco sarcófago.
Mariette descubrió así el primero de los sarcófagos de los bueyes Apis del Serapeum. O así lo creyó, porque la verdad es que su interior estaba vacío. Las siguientes excavaciones descubrieron otras diez bóvedas cuyos sarcófagos también se encontraban vacíos. Todas las tapas estaban descorridas unos centímetros, los suficientes para introducir la cabeza, los necesarios para comprobar que sólo contenían polvo. Pero la suerte le sonrió cuando llegaron a otra cripta donde había un féretro con la tapa sin mover, no violado por los ladrones de tumbas. Los esfuerzos para retirarla fueron inútiles pues estaba pegada con pez y los siglos habían conseguido que se uniera de tal forma al tanque que sólo existía una manera para abrirlo. Las cargas de dinamita se situaron y una esquina estalló en mil pedazos. Inexplicablemente tampoco contenía buey alguno.
Posteriormente Mariette localizó otra galería. Doce grandes nichos se abrían a derecha y a izquierda conteniendo nuevos y vacíos sarcófagos. Hoy ambas galerías están unidas y juntas llegan a medir casi los 200 metros. A ambos lados se abren un total de 23 criptas que contienen 21 tanques de granito, ya que dos están vacías. En un corredor paralelo se encuentra todavía uno de los sarcófagos que nunca llegó a su destino, 22 sarcófagos para guardar… polvo. ¿Para qué derrochar tanto esfuerzo?
Cuando Egipto se anexionó al Imperio romano los cultos dejaron de practicarse y los templos quedaron desprotegidos, sufriendo todo tipo de saqueos. Sarcófagos de madera y momias fueron utilizados como combustible. Las estatuas y otros objetos de culto no tuvieron mejor suerte cuando en el siglo II llegaron los monjes cristianos, quienes destruyeron gran cantidad de momias depositadas en galerías subterráneas. Pese a todo algunas consiguieron salvarse, pero sólo para servir de medicamento durante la Edad Media, siendo muy utilizadas para combatir la parálisis, enfermedades cardíacas, problemas de estómago, fracturas óseas o para curar la impotencia y aumentar la virilidad. El polvo de momia fue comercializado durante dos siglos en una industria que alimentó muchos hogares. Tras estos expolios surgió la fiebre del coleccionismo y muchas familias adoptaron entre sus miembros a un antiguo egipcio milenario que, aunque no daba mucha conversación, quedaba estupendo colocado en el salón de la casa con sarcófago y todo.
No resulta extraño suponer que los ladrones de tumbas saquearan la mayor parte del patrimonio cultural de los faraones. Pero recurrir a ellos siempre que no se encuentra lo que se busca resulta lamentable. En el Serapeum de Menphis no existe la menor duda de que antes de Mariette alguien quiso ver lo que contenían los tremendos tanques de granito. Pero por la ligera abertura que presentan no cabe, en ocasiones, ni siquiera un hombre. En caso de que los bueyes hubiesen sido sacados por allí debieron cortar la momia en muchos pedazos. Y en su interior no se ha encontrado ningún rastro de fibras textiles, ni de partículas óseas, ni de rastro vegetal o mineral, ni un minúsculo trozo de metal, ni un solo pelo que delate que allí hubo alguna vez algo. Nada.
En una cripta subterránea de Abusyr se encontraron dos momias. Las vendas seguían la estructura física de un animal que indudablemente parecía un toro. El cuerpo, la cabeza y hasta los cuernos eran perfectamente reconocibles. Los especialistas franceses Lortet y Gaillard estudiaron la primera momia y cuando retiraron los vendajes comprobaron que de toro sólo tenía la forma, conseguida tras moldear una masa de alquitrán que agrupaba miles de huesos de animales distintos. La segunda momia, que medía dos metros y medio de largo por uno de ancho, fue analizada por el doctor Ange-Pierre Lecca y constató, asimismo, que contenía huesos de siete animales diferentes. La momia del toro sagrado seguía sin aparecer.
El 5 de septiembre de 1.852 Auguste Mariette encontró en el templo anexo al Serapeum nuevas tumbas y sarcófagos. El templo hoy puede apreciarse a la izquierda cuando se baja por la rampa que introduce al Serapeum y sus galerías subterráneas tienen comunicación con éste. Su sorpresa fue mayúscula cuando la dinamita, aparte de destrozar la roca, dañó un sarcófago de madera y parte de la momia del hombre allí enterrado. Llevaba una máscara de oro, colgantes de oro y piedras preciosas y varios amuletos de Ramsés II. Dieciocho estatuas rodeaban el féretro. Se trataba de un hijo de Ramsés II, el príncipe Kha-m-was, encargado de la restauración de la pirámide de Unas, gobernador de Menphis y alto sacerdote de Ptah. Por alguna razón quiso enterrarse junto a las momias de bueyes que se encontraban en los nichos cercanos.
Las criptas de los toros estaban invioladas. Una estatua de Osiris custodiaba el conjunto. En las paredes y libación. Estatuillas y ofrendas salpicaban el suelo y el sarcófago, forrado de oro, guardaba sus sellos intactos. Cuando se abrieron aparecieron las momias de dos toros momificados, pero su examen certificó que se trataba nuevamente de un conjunto de minúsculas astillas de hueso, de animales de distintas especies, unidas en una masa bituminosa. Pero la mayor sorpresa vino en los años 30 cuando el arqueólogo británico Robert Mond y el doctor Oliver Myers estudiaron la momia del hijo de Ramsés encontrada por Mariette. Tras los vendajes se descubrió la misma masa maloliente de betún y la misma amalgama de astillas de huesos.
Uno de los bueyes encontrado por Mariette puede hoy contemplarse en el Museo de Agricultura de El Cairo, testigo mudo de una práctica que no se entiende pues, según la arqueología, la sepultura de una momia en cualquier otra forma que no sea la del cuerpo entero era impensable para los egipcios e iba en contra de sus conceptos religiosos. Momias de Apis pueden ser hoy contempladas en los museos de El Cairo, Viena, París, Londres y Nueva York. ¿Se han analizado? ¿Contienen verdaderos bueyes?
En ninguna de las galerías hay una sola inscripción. Y en ninguno de los sarcófagos existe referencia alguna que indique su antigüedad, a excepción de uno de ellos, en el que con trazo apresurado se escribieron jeroglíficos en la época de los ptolomeos. Junto al Serapeum se encuentra un recinto que muy posiblemente se corresponda al mencionado por Estrabón. Las inscripciones de tiempos de Ramsés II indican que es mucho más antiguo de la época ptolemaica en la que se data el conjunto. Y además, Kha-m-was, no sólo era el encargado de sus cuidados, sino que también era el jefe de mantenimiento de la pirámide de Unas (VI dinastía). Sabemos también que una cuadrilla de operarios de Ramsés II a las órdenes de los sacerdotes del templo de Maat, en Tebas, se encargaron de las obras de restauración de las pirámides de Keops y Kefrén en Giza. Es decir, que eran cuidadores de monumentos mucho más antiguos. ¿Tan antiguos como el Serapeum?.
La superposición de edificaciones es algo común en Egipto ya que encontramos juntas construcciones que no cabe duda que fueron egipcias y otras que no se sabe su procedencia. Para el Serapeum se trajeron moles inmensas de granito desde Aswán, a 1.000 Km de distancia; en el templo anexo sólo se encuentran pequeños sillares de caliza, imperfectos y amontonados. El templo situado en la rampa de acceso al Serapeum no guarda relación tecnológica con las galerías y sarcófagos del mismo. Es el mismo caso del Osirión en Abydos, del templo de Isis en la Esfinge, del Obelisco Inacabado o de las mismas pirámides de Giza, que aparecen como islas anacrónicas dentro del mar cultural faraónico. Ningún jeroglífico ni relieve justifica su presencia. Ningún documento histórico indica su cronología, sus constructores o su finalidad. Y son considerados como templos o tumbas, negando con ello una posible funcionalidad tecnológica.
Tumbas y siempre tumbas. El problema es que las pirámides de Giza o el Serapeum no parecen tumbas. No existe civilización como la egipcia que haya despojado a la muerte del miedo que provoca. Las tumbas, lejos de lo macabro o transitorio, son hasta confortables. La decoración es bella y las escenas que se representan son alegres. No existe un centímetro de pared o de techo que no esté decorado o esculpido. Pero en el Serapeum no existe nada de eso.
Si creeis que es importante, pues lo doy y basta pero me interesa mucho mas lo que opineis de su contenido.