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La verdadera imagen de Cleopatra VII
El último faraón de Egipto fue una mujer: Cleopatra VII, hija de Ptolomeo XII Con su muerte comienza la agonía de una civilización fascinante y milenaria que morirá en el siglo IV d.C., en el que el emperador Teodosio prohibió el culto a los dioses paganos y el emperador Justiniano ordenó el cierre del templo de Isis, en la isla de Filas. La imagen que de ella nos ha llegado es contradictoria, basada en parte, en los ataques de Virgilio, Horacio, Propercio, los poetas que ensalzaron la figura de Augusto, y que pertenecían al círculo literario de de Mecenas que, como es sabido era gran amigo de aquel, y también de Cicerón y en datos indirectos suministrados por historiadores al servicio de la propaganda de los vencederos romanos: reina pérfida, voluptuosa, ambiciosa, devoradora de hombres, maestra de ardides mediante los que embrujó a los generales romanos Julio César y Marco Antonio. Esa leyenda negra fue recogida, entre otros, por el escritor renacentista, Boccaccio en su obra De Claris Mulieribus (1360-1374), de donde pasó a las lenguas romances :
Empero no fue tan esclarecida ni alcançó tanta fama por ser de linage tan alto y muy festejada por muchos grandes señores, quanto por haver sido muy fermosa; antes, por la contra, por su avaricia, luxuria, dissolución, crueza y desorden fue por todo el mundo más conocida. La figura de Cleopatra ha sido un filón inagotable para pintores y escritores, como Shakespeare (Marco Antonio y Cleopatra) y George Bernard Shaw (César y Cleopatra) y su rostro ficticio también llegó al cine. ¿Cómo era su imagen real? Se conservan algunos bustos y dos tipos de monedas. En uno de ellos Es posible que nunca lleguemos a conocer su imagen, pero cabe suponer que, como poco, encerraba algún tipo de belleza que supo realzar gracias a las técnicas evolucionadas del maquillaje y perfumería egipcios. Floro y Apiano hablan de su belleza. La famosa descripción de Plutarco (46- 125 d.C) no puede interpretarse en el sentido de que no fuera una mujer agraciada: Dicen que su belleza no era incomparable y no atraía a primera vista. Pero su forma de hablar tenía un irresistible embrujo. Su apariencia, junto con el encanto de su habla y su personalidad, eran un aguijón que hería el corazón. Su voz era dulce. Sabía muchas lenguas y por ello muy pocas veces necesitaba un intérprete... En efecto, fue la única representante de los Ptolomeos que se preocupó de aprender el egipcio. Según Dión Casio: Era una mujer de extraordinaria belleza y en su mejor época era muy atractiva; poseía una voz encantadora y tenía el arte de ganarse la simpatía de la gente... Su historia puede vislumbrarse a través de Plutarco (Vidas paralelas. Historias de César y de Marco Sin duda, las relaciones sentimentales que mantuvo con César y Marco Antonio tuvieron un componente político. Todo apunta a que César ambicionaba restaurar el imperio de Alejandro Magno. Suetonio hace referencia a un sueño que tuvo César en Cádiz en el que se profetizaba que obtendría el imperio del mundo. Viendo cerca de un templo de Hércules la estatua de Alejandro Magno, suspiró profundamente como lamentando su inanición; y censurando no haber realizado todavía nada digno a la misma edad en que Alejandro ya había conquistado el mundo, dimitió en seguida su cargo para regresar a Roma y aguardar en ella la oportunidad de grandes acontecimientos... Este sueño se relacionó con la visita a la estatua de Alejandro Magno, en un templo de Hércules. Por otra parte, Cleopatra, descendiente de Ptolomeo I, soñaba con resucitar el imperio faraónico. César tuvo el atrevimiento de
representarla en una estatua dorada como Venus Genetrix, de quien se consideraba descendiente. Cleopatra y Marco Antonio vuelven a compartir el mismo sueño. Si en la Sin embargo, si estas relaciones no contaran con algo más que un componente de interés político, Suetonio no hubiera dicho de César: A la reina que más amó fue a Cleopatra, con la que frecuentemente prolongó festines hasta la nueva aurora, y en nave suntuosamente aparejada se hubiera adentrado en ella desde Egipto hasta Etiopía si el ejército no se hubiera negado a seguirle... Ni Plutarco a propósito del llanto de Cleopatra ante la ya cercana muerte de Marco Antonio: Luego que lo hubo recogido de esta manera y que le puso en el lecho, rasgó sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su sangre, le llamaba su señor, su marido y su emperador.
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