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El Medjai
1ª parte MfAI Hace ya muchos siglos que solo soy una sombra de lo que fui, al igual que todos los que vivieron conmigo durante aquellos años, pero aún me quedan imágenes en la mente, recuerdos imborrables de aquellos tiempos que me hacen llevadera esta existencia, en esta sala de espera que no es el Amenti, que tampoco es el mundo de la luz, que tampoco es mi amado tierra de Kêmit. Nací en el desierto oriental, en una región conocida con el nombre de Medja, entre las que llamaban Uauat, y Kush, durante la estación de chêmu, en el segundo año del faraón Dyeser-Ka-Ra Amenhetep; mientras los míos se trasladaban en busca de nuevos pastos que aliviasen el hambre de nuestro ganado. Me pusieron de nombre Urê, con el que fui conocido durante muchos años. Aprendí a manejar el arco desde niño y a derribar antílopes (nerawu) con los que poder alimentarnos y vestirnos, pues la supervivencia era nuestra única meta y el hambre nuestra inseparable compañera. Sucedió, que, a consecuencia de un viaje durante el segundo mes de la estación de perit , fui con el hermano de mi padre a entregar un tributo de seis bueyes (iuau) a los hombres del país de Kêmit, en Buhen, en el último año de vida terrena de Dyeser-Ka-Ra. Crucé por vez primera Iteru ("el Rio", como conocíamos al que luego los griegos llamaron Nilo) para obtener alimento a cambio y desembarcamos en el muelle donde había pequeñas embarcaciones, en una de las cuales cargaban oro y en otra marfil y madera de ébano. Mis ojos y mi mente quedaron deslumbrados ante la capacidad para mover grandes piedras de unos obreros (iqdu inebu), ayudados por una extraña máquina de madera que aún trabajaban en el templo que mandó erigir el que en vida fuera el padre de Dyeser, Neb-Pethy-Ra Amoses, y fue aquí donde escuché, también por primera vez, que nos llamaban "medyau" y también por primera vez, vi a otros hombres con la piel más clara que la nuestra. ¡Si! ese día fue "el día" donde vi todo aquello que marcó el futuro de mi vida, "por primera vez". Dentro de las murallas (immyaru) de Buhen había muchos edificios, construidos de ladrillo, algunos de doble altura, y una calle circundante separaba a éstos de aquellas. Mientras el hermano de mi padre cumplía con las obligaciones de rigor yo fui a recorrer aquel lugar. Alguno de dichos edificios albergaban activos comerciantes y en otro trabajaban el cobre. Me paré delante de uno de ellos, bajo una tela sujeta por dos maderos, un hombre me ofrecía, haciendo gestos con las manos, un alimento que parecía delicioso, luego supe que era un pastel de pan de cebada (iot ), cubierto con miel (bit), pero no me atreví a cogerlo, dudoso y con cierto temor a todo aquello desconocido y al hombre que hablaba en un idioma que no entendía pero que yo suponía que querría algo a cambio. Debía de tener la necesidad reflejada en mi rostro y a punto estaba de abalanzarme sobre aquello cuando sentí una mano puesta en mi hombro que me hizo girar y ponerme alerta. Un hombre que portaba un bastón y un enorme collar de oro, con cuentas de lapislázuli, me dijo, en la lengua hablada por mis padres, que podría comer todos los días carne de buey, pan, legumbres y vino, si aceptaba ir al lugar donde el vivía con otros como yo y que, a cambio, sólo debería demostrar mi habilidad con las armas. Me preguntó si sería capaz de acertarle con una flecha a un trozo de madera situado a cien codos de distancia. Le miré fijamente y el comprendió. Avanzó hacia el lugar donde colocó un pequeño pedazo de madera que se encontraba abandonado en mitad de la calle y que no mediría siquiera un palmo y después se apartó. Saqué el arco (pedjet) del carcaj (ketket) y coloqué una flecha (sunet). Lentamente elevé el arco por encima de mi cabeza, a la vez que tensaba la cuerda, luego le bajé, hasta que la flecha estuvo en línea con el madero, mi mente se vació de todo y liberé a la flecha de mis dedos que atravesó aquel inerme objeto, haciéndole caer por el impacto. Con una leve sonrisa en su cara, el hombre del bastón, me indicó que le siguiera y yo confié en él... algo me dijo que debía hacerlo. Nos dirigimos por una calle central hacia un edificio rodeado por un pequeño muro y cruzamos la entrada, vigilada por dos medjai, parecidos a los que había visto, atentos, en las murallas. Al igual que yo, se cubrían el cabello con barro pero, a diferencia del arco que portaban los de las murallas, éstos disponían de una lanza y un escudo de madera forrado con piel de antílope y al cruzarme con ellos me dirigieron una mirada indiferente. Una veintena de hombres hacían prácticas de tiro con arco en su interior, bajo la dirección de otro que gritaba palabras que yo no entendía. Había muchas dependencias que rodeaban el pequeño patio central, unas eran la vivienda de los medjai y disponían de camastros donde descansar después de un largo y fatigoso día de entrenamiento, otras disponían de pequeñas mesas y esteras repartidas por el suelo que servía de comedor, otra, era la cocina, otras eran almacenes (de comida, o de armas) otra era la vivienda del hery-medjai, el jefe de la pequeña unidad (sâ) de medjai (que resultó ser el hombre del bastón que me trajo aquí) y había otras más pequeñas, destinadas a diferentes usos. Supe que la sâ, era una unidad intermedia entre otra mayor y otras subdivisiones de no más de cincuenta hombres. Ésta era la fuerza que componía la guarnición (iwayet) y que además, protegía los caminos de las incursiones de bandas de salteadores provenientes del infame pais de Kush. Su número era de casi doscientos hombres; se denominaba como "los Leales de Uauat". El hery-medjai se dirigió a otro hombre, que era el escriba inherente de la sâ y me preguntó mi nombre, escribiéndolo en una tablilla, además de otras cosas, por medio de unos signos desconocidos para mi. Luego me llevó a la dependencia de las pequeñas mesas y esteras en el suelo y ordenó que me dieron de comer. Cuando hube satisfecho plenamente mi estómago, me llevó frente a otro hombre con una cicatriz marcada sobre su rostro y de mirada dura, que producía frío en el corazón, el cual me encuadró en una subdivisión de la sâ con nuestros propios camastros y allí me dejaron, junto con otros como yo, alejándose sin decir nada mas. Tenía el estómago lleno, un lugar protegido sobre mi cabeza y un lecho cubierto con paja y tela de lino para descansar y todo a cambio de manejar el arco. Ya no tendría que seguir el rastro de las piezas para comer, ni ver como enflaquecía el ganado durante la época de sequía, ni arrancarle a la mísera tierra los frutos que con extrema dificultad podía obtener. El hermano de mi padre volvería sin mí y no le daría importancia a mi desaparición, para el yo solo era un estorbo desde la muerte de mis padres. ¿Que más podía pedir? al menos por esa noche...
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