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La novela de una momia
En un mismo escenario espacial, Tebas, la de las cien puertas, la antigua Diáspolis Magna, Teófilo Gautier (1811-1872), poeta, novelista, viajero, pintor y escritor romántico engarza dos historias, separadas por más de tres milenios, pero
unidas por un amor que traspasa los límites de la muerte, tema que se repite en su novela La muerta enamorada, pero, como el autor afirma al final de la obra, hay excentricidades mucho menos
justificadas que ésta.
Escrita en la época en que se publicaron obras como Description de l'Égypte, detallada descripción en imágenes del
país del Nilo del equipo de investigadores llevado por Napoleón en su campaña de Egipto;I Monumenti dell'Egitto y de la Nubia, que recoge los resultados del viaje de Champollion e Hipólito
Rosellini a través de Egipto en 1829, en el que copiaron numerosas inscripciones y escenas de las 16 tumbas reales conocidas en la época y en que Belzoni y sus operarios descubrieron los accesos a las tumbas de Ramsés II y Seti I, la novela refleja la fascinación
que estos acontecimientos desataron por Egipto y por descubrir datos que confirmaran los relatos bíblicos.
La trama argumental comienza con el descubrimiento de una tumba real inviolada en el Valle de los Reyes por Lord Evendale y el arqueólogo alemán Rumphius, lo que parece una premonición del descubrimiento de lord Carnarvon y Howard Carter de la tumba intacta de
Tutankhamón en 1922.
El trasfondo histórico es muy endeble... la momia real es la de la bella Tahoser, esposa del faraón, cuyo nombre no se menciona, que muere persiguiendo a Moisés y a los judíos. Tahoser esperó en vano al faraón, y reinó sobre Egipto. Cuando murió la
depositaron en la tumba preparada para el rey.
La realidad histórica es distinta:
Tausert fue la Gran Esposa Real de Seti II, al que sucedió el joven Siptah, del que se conserva su momia que revela que tenía la pierna izquierda inútil. Durante su breve reinado Tausert actuó como regente y al morir Siptah se
convirtió en el nuevo y último faraón de la dinastía XIX, y como tal fue enterrada en una gran tumba (núm 14) en el Valle de los Reyes. Su nombre aparece en algunos monumentos del Delta, del
Sinaí y de Nubia. Su reinado fue breve, por lo que no pudo terminar su Templo de millones de años.
Aparte de estas consideraciones, La novela de una momia tiene indudables valores estéticos, como las descripciones detalladas y coloristas, entre otras, de Tebas a ambas orillas
del Nilo, con sus palacios y templos y de la marcha triunfal del faraón de regreso de sus campañas de guerra, con el desfile de prisioneros; el poder evocador del misterio y la grandeza del antiguo Egipto.
En medio de la sala se levantaba, macizo y grandioso, el sarcófago, vaciado en un enorme bloque de basalto negro, cubierto por una tapa de igual materia, tallada en forma de silla de montar. Las cuatro
caras del monolito fúnebre se hallaban cubiertas de personajes y de jeroglíficos grabados con la finura y delicadeza de un buril en una sortija de fina pedrería, a pesar de que los egipcios no conocieran el hierro y de que el basalto tenga un grano refractario
capaz de quebrantar los más resistentes aceros. La imaginación se pierde buscando el procedimiento de que se servía aquel pueblo maravilloso para escribir sobre el pórfido y el granito como con un punzón sobre tablillas de cera...
...Nuestra civilización, que creemos culminante, no es sino profunda decadencia, privada hasta del recuerdo histórico de las gigantescas sociedades desaparecidas... Tenemos el vapor; pero el vapor es menos fuerte que el pensamiento que ha erigido las pirámides,
cavado estos sepulcros, tallado las montañas en esfinge y obeliscos, cubierto las salas con losas de un solo bloque, que no podría remover ninguna de nuestras modernas máquinas y logrado, en fin, defender de la destrucción el frágil despojo humano.
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momias egipcias
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