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Los Valles de Egipto

El Valle de los Reyes

Sentimientos y Emociones

Amanece, el sol tiñe de oro la tierra de Egipto, anunciando la llegada de un nuevo día, proclamando la victoria del orden sobre el caos.

Ra surge del cuerpo de Nut, diosa del firmamento, como cada mañana, después de haber recorrido el interior de su cuerpo, después de haber transitado por el Más Allá y renacer regenerado. Extiende sus alas cálidas sobre el Valle de los Reyes, sobre las almas que todavía permanecen aferradas a su amada tierra: sus reyes difuntos.

Cierto movimiento se aprecia en el valle, los gafires se preparan en sus puestos de trabajo para recibir a los visitantes. En la lejanía el sonido de un autocar anuncia la llegada de los turistas, ajenos a todo lo que está ocurriendo.

El Valle bañado por la luz del sol, está salpicado por los caminos modernos que conducen a las tumbas y que sirven como muros de protección. Los enterramientos se abren como heridas en la tierra y se sumergen en la profundidad de la montaña tebana en una sucesión de cámaras y corredores descendentes, plagados de textos religiosos, de figuras divinas que majestuosas observan desde la atemporalidad, dándonos la bienvenida desde los muros y los techos. Sin duda es una obra faráonica.

Un súbito cambio de temperatura nos provoca la sudoración pero, a la vez, nos facilita un paseo sosegado. Los sentidos se ponen alerta, la capacidad de asombro se multiplica. Todos los colores nos envuelven; el olor, el silencio, si tenemos la suerte de ser los primeros, sobrecoge. Cada uno de los hipogeos nos recuerda el trabajo especializado de esos hombres cuya vida tuvo un único fin: la construcción de la tumba real.

Y continuamos caminando por las entrañas de la tierra, recorriendo cámaras, corredores angostos, hasta llegar a la intimidad del enterramiento, a la zona más sacra: la cámara del sarcófago hoy vacía. Aunque actualmente no descansan los restos de ningún monarca egipcio (excepto Tut-anj-amon) aún queda un halo de piedad, un destello de misterio. Allí se celebraron los últimos ritos religiosos, aquellos que facultarían la vida eterna del faraón. No es difícil imaginar a los sacerdotes celebrando las liturgias fúnebres, al heredero despidiendo a su rey. Sólo con un poco de concentración, con un mínimo de sensibilidad, podemos percibir el humo del incienso, las oraciones de los sacerdotes en honor del que reinó sobre los habitantes del Valle del Nilo, el brillo del oro que adornaba el ajuar y que hoy ha sido arrancado del lugar donde siempre debió estar.

El nombre del rey revolotea por nuestra mente y la repetición este nombre es la llave mágica que permite al faraón seguir viviendo en la eternidad, según las creencias de los habitantes del Egipto Faraónico.

Los minutos se tornan segundos y sólo la vuelta al exterior nos hace recordar que estamos en el siglo XXI y que nuestro viaje apenas ha comenzado.
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