En el exiguo espacio de mi cuarto de baño, sentado sobre la minúscula pileta, acabé de verter agua sobre mi cabeza. Mientras dejaba el jarro en el suelo vino a mi memoria la imagen de El que Vierte las Aguas. El cornezuelo no me mostró imágenes nítidas sobre este personaje, al contrario que sobre el Cangrejo. Pero yo sentía temor por esta figura, pues instintiva, aunque irracionalmente, se me antojaba una formidable advertencia. Y no sabía si esta premonición estaba relacionada con el pasado o con el futuro.

Alejando estos pensamientos, sequé mi cuerpo y me vestí con una ligera túnica de lino que ceñí a la cintura, coloqué en mis hombros el collar de cobre correspondiente a mi condición que pronto sería sustituído por otro y ungí mi cráneo con bálsamo. Después de aplicar kohol sobre mis párpados fui a ver a mi madre y me incliné ante ella. Me despedí de mi padre que hizo una ácida observación sobre el collar que acababa de ponerme, ya que yo nunca lo había utilizado hasta entonces, salvo en festividades religiosas y durante mis ordenaciones anteriores, pero me excusé diciéndole que lo portaba en honor a mi maestro a quien iba a visitar. Esta es la verdad.

Me siento inquieto ante las reverencias provocadas por mis emblemas oficiales entre mis vecinos, incluso entre sacerdotes de más edad pero menor graduación. Me molesta ser blanco de las miradas y, por ello, eludo las vestimentas oficiales, pero en esta ocasión resultaban obligadas, lo cual me fue muy útil a la hora de atravesar el concurrido mercado con sus mil olores y sonidos distintos, pues los viandantes me abrían paso y algunos inclinaban sus cabezas con respeto.

La casa de mi maestro Hati sólo presentaba una larga pared blanca en la que destacaba una sola y única puerta de madera, junto a la que existía una pequeña hornacina. Me abrió la puerta un sirviente que me acompañó a través de dos patios ajardinados con sendos estanques. El final del segundo patio, una bellísima clepsidra en parte transparente, servía también como surtidor. Era un lugar bellísimo en el que se conjugaban armoniosamente trinos de pájaros y el rumor del agua. Mi maestro, que estaba sentado en el porche de su casa junto a un velador, tuvo la deferencia de levantarse a mi llegada, pero yo bajé mis brazos y no hablé hasta ser interpelado.

-Siéntate, Matti. -me habló en tono cortés mientras me entregaba un pañuelo de lino- Agradezco tu visita.

-Soy yo el que te agradece la invitación, maestro. -correspondí inclinando levemente la cabeza.

Otros sirvientes llegaron para veter agua en nuestras manos, las cuales secaron con paños y nos ofrecieron otros. A continuación nos sirvieron hidromiel y frutas, y se retirando después de haberse inclinado. Hati se dirigió a mi diciéndome:

-Te he hecho venir porque, ante la inminencia de tu última ordenación y la consecución de tres especialidades, debo decirte algo al respecto. No obstante, mis palabras dependen de las tuyas, porque ahora eres mi igual y, en breve, poseerás libre albedrío. Mis palabras serán en función de tu libre decisión, de lo que tengas determinado para tu fututo inmediato. Así debo preguntarte cuales son tus intenciones. Dime: ¿Piensar ejercer libremente por tu cuenta o continuar al servicio del Templo como sacerdote de grado superior?

Mi respuesta fue rápida. Demasiado rápida, pero no pude evitarla, salió por sí sola causando una momentánea parálisis en la expresión de mi maestro.

-Ni lo uno, ni lo otro.